Una respuesta ante la duda.

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«Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.»

— Mateo 14:28-29 (RV60). —

El panorama de la situación.

      La historia comienza en medio de un basto de espacio de agua, muy parecido a estar en el mar abierto. Una fuerte tormenta que levantaba las olas y golpeaba la inestable barca sobre el cual estaban los discípulos de Jesús, doblegaba la moral de algunos. Además, era de noche; la cuarta vigilia, según el sistema romano para la división del tiempo durante la noche, equivale a un horario (moderno) entre las 3 y las 6 a.m. lo que supondría el momento más oscuro de la noche, cuando falta poco para el amanecer, y el momento donde se debería estar descansando, no luchando contra una tempestad. Toda una fórmula para un desastre inevitable.

    Pero Jesús se aparece, caminado sobre ese mar inquieto, y pidiendo que se tranquilicen. No satisfecho con esto, Pedro decide pedirle al Maestro que le conceda el privilegio de caminar sobre las aguas para ver si realmente ese “caminante de las aguas” es el Jesús, su Maestro. Aún con la cantidad de veces que he escuchado esta historia, me pregunto ¿Por qué Pedro hizo eso?

      Esta no fue una situación nunca experimentada; antes, registrado en el capítulo 8, versos del 23 al 27, los discípulos viven una tempestad en una barca y en medio del mar pero a diferencia de que, al parecer, no era de noche y además Jesús se encontraba con ellos. Los discípulos se asustan y despiertan al Maestro pidiendo ayuda, y Jesús con solamente ordenarle al viento que se detenga, la tempestad se detuvo; todos quedaron asombrados por ese evento. Por lo tanto, estar en medio de una tempestad no era algo nuevo, sino una especie de “deja vú”.

      Volvamos a la historia inicial. Esta es la famosa historia de cuando Jesús camina sobre las aguas, y también vemos a un Pedro que lo hace. Pero hay una cierta intriga sobre el por qué Pedro le pide a Jesús caminar sobre las aguas para probar que realmente ese ser que camina sobre las aguas, que dice ser Jesús, es el hijo de Dios. Por lo general, nosotros como seres humanos comunes y corrientes, para convencernos de que alguien es quien verdaderamente creemos que es, buscamos un rasgo, una expresión, una cotidianidad en esa persona para asegurar lo que es. Entonces, en una situación, que es muy parecida a la antes vivida, la solución ante el dilema de: quién es la persona que camina sobre las aguas, sería buscar una evidencia sobre lo que Jesús haría, porque sólo él puede hacerlo. Algo como: pedirle que calme la tempestad, tal como en aquella ocasión lo hizo; convertir el agua en vino, como una vez sucedió; o hacer algún milagro que probara la afirmación que dijo sobre ser Jesús. En fin, pedirle hacer algo que sólo Jesús, haya hecho en algún momento de su vida.

      Pero no. Sólo un hombre, con un serio problema de impulsividad, se atrevió a pedir algo nuevo para probar que ese hombre era Jesús, ese hombre fue Pedro. El cual Jesús le otorgó el privilegio de caminar como Jesús sobre las aguas; aunque muchos hablan de su caída y hundimiento, no notan que realmente llegó a Jesús, pues Él sólo tuvo que extender su brazo para sostenerlo, lo que quiere decir que Pedro llegó a estar a la distancia de un brazo extendido, en conclusión, Pedro caminó hasta Jesús sobre las aguas.

      Probablemente nunca llegaremos a leer los pensamientos de las personas, mucho menos las que ya están muertas, pero podemos inferir e intentar comprender la forma de pensar de alguien por medio de lo que dice o, como en esta ocasión, por lo que quedó escrito que una vez dijo.

      Ahora bien, por medio de este escrito, quiero llevarte a tratar de entender la motivación por la cual Pedro dijo semejante cosa cuando vio a Jesús. Y lo haremos entendiendo lo que Pedro dijo. Cuatro frases conforman la petición total de este gran discípulo, con ello llegaremos a entender lo que él sabía de Jesús, y lo que podemos aprender con esa gran respuesta ante la duda sobre quién es ese que camina sobre las aguas.

* * *

«Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.»

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1.   Autoridad: «Señor, si eres tú…».

      Así comienza la famosa frase que le permitió a Pedro no ser uno del montón, y hacer lo que ningún otro discípulo ha hecho. Hay algo interesante sobre cómo inicia la respuesta y es ese “Señor”. El título de Señor, para Jesús, no fue un regalo divino de Dios, ni un derecho de nacimiento, sino que fue merecido y otorgado en el momento que Jesús toma tu lugar para pagar por tus pecados contra Dios. La biblia dice que fuimos comprados por precio de sangre, Jesús derramó su sangre y su vida para que nosotros no tengamos que morir en el infierno como realmente deberíamos. En el momento que nos salva de la condenación, Jesús se convierte en nuestro Salvador y también en nuestro Señor. Pero todo esto, para el momento en que Pedro lo dijo, no había ocurrido aún. Esto muestra lo que Pedro ve en Jesús. Aún sin merecer el título de Señor, Pedro ya lo ve como su Señor.  Pero, ¿qué significa Señor? Esto es, y pon atención: colocarse como siervo, ceder nuestro lugar, someterse a alguien, y sobre todo, otorgar autoridad en alguien. Todo esto es lo que implica la palabra (o título) Señor. Pedro entendía muy bien esto, y por eso inició la respuesta reconociendo la autoridad que allí se presentaba.

      En la academia militar, o en instituciones con un énfasis militar, notamos como los diferentes rangos presentan sus respetos y reconocen la autoridad por medio del saludo. Ahora bien, ¿haces esto mismo con Dios? No me refiero a levantar la mano a la cabeza y pararse erguido, sino que ¿en tu vida diaria reconoces la autoridad de Dios? En el libro de “Autoridad Espiritual” del autor Watchman Nee, muestra una gran variedad de ejemplos en toda la biblia, tanto del antiguo testamento como del nuevo, en el que se refleja la autoridad de Dios en la vida; ejemplos que normalmente usamos como clases de doctrina o en prédicas, el autor lo muestra pero con enfoque a la autoridad espiritual el cual no debemos tomar a la ligera.

      Entonces, algo vital para nuestra vida cristiana, es reconocer el señorío de Dios en nuestra vida, así como Pedro lo hizo, pues él decidió otorgarle autoridad sobre su vida a Jesús y colocarse como siervo suyo, con tan sólo decir: “Señor”.

        Luego continúa diciendo: “si eres tú”. Hay algo que me llama mucho la atención en la vida de muchas personas creyentes, y es que no se toman el tiempo para cuestionar si algo es de Dios, o no lo es. “Si lo dice el pastor, es verdad”, es en resumen la forma de pensar de muchas personas hoy en día y así evitan la fastidiosa tarea de leer la biblia para buscar la veracidad de lo que aprendieron. Me encanta un fragmento de la biblia cuando se dice: “probadme en esto”, lo que nos lleva a probar si realmente Dios está en esto o no. “Probad los espíritus” es otra forma de decir que busquemos en las escrituras si viene de Dios o no.

       Pedro tuvo la valentía de decirle al “caminante de las aguas” si realmente era el hijo de Dios o un farsante. Él entendía que las cosas son de Dios o no lo son. No hay punto medio. O algo nos lleva a Dios, o nos aleja de Dios, pero no nos mantiene neutros. Ese: si eres tú, condiciona la respuesta y petición de Pedro, es decir, si no es el hijo de Dios, no se cumplirá lo que sigue, pero si realmente lo es, entonces sí es de Dios. Y lo que sigue, en esta respuesta, es la continuación de reconocer a la autoridad.

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2.   Obediencia: «… manda que…».

      Esto muestra la consecuencia a reconocer la autoridad de Dios, que es la obediencia. Pedro no era un “llanero solitario” que se mandaba por su propia cuenta y hacía lo que “se le daba la gana”, sino que entendía el valor de la obediencia en la vida de un seguidor de Cristo. Sólo le otorgamos nuestra obediencia a quien creemos que posee autoridad sobre nosotros. Para obedecer, necesitamos reconocer quién es la autoridad, y nuestro problema más grande quizás no sea obedecer, sino el saber a quién obedecer. He aquí el asunto del por qué es tan difícil obedecer a Dios antes que al mundo, y es porque reconocemos la autoridad del mundo, de la sociedad actual, por encima de la de Dios. Y no es que obedecer a Dios sea difícil, lo difícil es dejar de decirle “Señor” al mundo y empezar a decírselo a Dios, porque ya sabemos lo que implica.

      “Manda que”, es el principio de la obediencia. Y esto es dejar que sea Dios quien nos dirija en la vida. Es darle el timón de nuestras acciones a Dios y simplemente obedecer a sus órdenes. Esa segunda frase implica el dejar que sea Dios quien tome nuestras decisiones, y aunque digamos que siempre ha sido Él quien las ha tomado, realmente somos nosotros quienes no dejamos que Dios tome el control. Un ejemplo de ello es lo siguiente: Por lo general oramos y ponemos en las manos de Dios la decisión que ya tomamos, pero muy pocas veces oramos y dejamos en las manos de Dios la decisión que vamos a tomar. Es decirle a Dios que bendiga lo que ya decidimos que vamos a hacer, en lugar de consultarle y pedirle su opinión sobre lo que en el futuro vamos a hacer. Dios no es un talismán de buena suerte, ni una lámpara de los deseos, Dios es quien tiene la moral para ser obedecido por todos.

      Haz un recuento de tu vida hasta este momento y toma nota sobre la cantidad de veces que decidiste obedecer a Dios en algo, o cuantas de las ocasiones en tu vida se refleja el “manda que” yo obedezco. Es una gran contradicción como cristianos que somos, decir que Jesús es nuestro Señor pero que no le obedezcamos. Obedecer es sencillo, lo complicado es obedecer a quien debe ser obedecido, y para nosotros el mundo es a quien obedecemos, por eso es fácil no creer en Dios, para no tener que dejar de decirle “señor” al mundo. Pero la vida de un cristiano no se debe caracterizar por su denominación, sino por su obediencia a la autoridad de Dios.

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3.   Propósito: «… yo vaya a ti…».

    Esta es la razón por la que nos llamamos cristianos, seguidores de Cristo. Ese “yo vaya a ti” implica el deseo de Pedro de ser como Jesús, y sobre todo, de estar donde esté Jesús. Esta una expresión de angustia espiritual, ¿qué hago yo aquí, si Jesús, mi Señor, está allá? Entonces yo iré donde Jesús se encuentre, porque soy su seguidor. Aquí se ve reflejada la historia de la vid y lo pámpanos, separados de Él nada somos; sobre lo de venir a Él los que estén cargados y descansar, Pedro entendía esto. Pero sobre todo entendía que todo lo que él haga, si no tiene el propósito de llegar Cristo, nada vale. Él no pidió que Jesús hiciera algo allá a lo lejos, sino tener el privilegio de estar con Jesús, de poder ir hasta Jesús.

     Ahora bien, ¿lo que haces, te acerca a Jesús, o te aleja de Él? Esta es una pregunta dura, para quienes sabemos que no siempre hacemos cosa para ir hasta Jesús, o para honrar su nombre y glorificarle. Cristo es nuestra meta, nuestro destino, nuestra razón de aún seguir vivos. Para ver la gloria de Dios en nuestra vida, debemos acercarnos a él. Y no es que Dios está a lo lejos esperando que nosotros hagamos todo el trabajo, es que Dios reconstruyó el puente el en abismo que nos separaba de Él, y que ahora nos toca cruzar para estar con Dios.

    El simple hecho de pedir ir hasta Jesús, involucra el hecho de alejarse del mundo. Caminar hacia Jesús es darle la espalda al mundo y fijar nuestra mirada en Jesús. Y no es fácil, darle la espalda al mundo es declararle la guerra en definitiva. Nuestro destino, determina nuestro rumbo. Si no sabemos que queremos ser, no importará lo que nos suceda. Pero si queremos que nuestro destino sea Cristo, nuestro rumbo empezará a direccionarse hacia Él.

    Es una mirada puesta en Dios, en el Cristo a quien seguimos. Ir hacia un sitio es cuestión de pasos hacia adelante, devolverse de algún lugar es cuestión de pasos hacia atrás. No puedes ir hacia Dios con pasos hacia atrás, sino lo contrario, y esto es poner todo tu cuerpo en esa dirección, y por ende tu mirada estará puesta en Cristo.

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4.   Sobrenatural: «… sobre las aguas.».

      Con esto concluye la respuesta de Pedro a ese tal “caminante de las aguas” sobre su afirmación de ser Jesús. Sobre las aguas, es una realización de lo que Pedro quería ser, como Jesús. Si Jesús esta, sobre las aguas, yo también; si Jesús sana enfermos, yo también; si Jesús predicaba las buenas nuevas de salvación, pues yo también; si Jesús en todo fue obediente a Dios, yo también lo seré; si Jesús dio su vida por lo que creía, yo también. Ese es el significado de ser un cristiano, no es solamente asistir a una iglesia, cantar, escuchar e irte a la casa, sino el hecho de ser como Jesús. Pero más allá querer caminar como Jesús sobre las aguas, Pero, con esta petición, quería probar si realmente era el hijo de Dios.

      Pedro sabía que sólo Jesús podía hacer las cosas que nadie puede, lo sobrenatural de Jesús era la prueba suficiente para mostrar a todos. Pero eso sólo es referente a Dios y Jesús, ¿qué hay de mi, un ser humano común y corriente? Ahí está la prueba del poder de Dios. Lo sobrenatural para Dios es lo cotidiano para Él, pero para nosotros significa “lo que no podemos hacer”.

       Lo sobrenatural marca el límite de nuestras fuerzas, representa todo aquello que no podemos hacer, pero que Dios si puede. Pedro, con esta petición, quería sentir lo que es tener el respaldo de Dios, y mostrar lo que Dios puede hacer a través de un ser humano que cree en Él y le obedece. “Caminar sobre las aguas” va más allá del tema más usado que es el caminar sobre los problemas y las dificultades. El caminar sobre las aguas no depende de nuestras fuerzas, sino de Dios en nosotros. Es lo que Pedro necesitaba saber para entender que ese “caminante de las aguas” era Dios mismo, obrando en él.

       El hecho de que Pedro caminó sobre las aguas, dio a entender a todos en la barca que quienes creen en Cristo, lo toman como su Señor y le obedecen, quienes procuran que sus acciones lo lleven a Cristo, y glorifican su nombre, puede hacer las cosas que ningún ser humano puede llegar a hacer.

       Cuando hacemos algo de parte de Dios, debe quedar absolutamente claro que el que reciba la gloria y la honra, no sea la persona, sino Dios. Que Pedro haya caminado sobre las aguas no me demuestra la habilidad y la fuerza de Pedro, ya que ningún ser humano se puede mantener sobre las aguas en estado líquido (la física no permite tal evento), sino que me demuestra que sólo Dios puede llevarnos a desafiar lo que conocemos como cotidiano, lo que llamamos lo normal, lo que siempre ha sido, con tal de que entendamos que sin Él nada somos.

* * *

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Una palabra basta para accionar.

       Ante tal respuesta de Pedro, Jesús sólo dijo: Ven. Esa es la confirmación de lo que podemos hacer. Pedro no esperó a que se calmaran las aguas para hacer más “cómoda” la caminata. Pedro no caminó alrededor de la barca agarrado de ella para asegurar que no se iba a caer, ni se enorgulleció ante los demás por lo que podía hacer, sino que tal como dijo, así lo hizo: se bajo de la barca y caminó hacia Jesús.

        Y aunque muchos hablen de que era un hombre de poca fe. Imagínense la fe de los que ni siquiera dijeron algo, sino que se quedaron mirando. La biblia no se distrae en personas que no hacen nada, en este fragmento, la historia se enfoca en Pedro, no en los que se quedaron mirando cómo Pedro caminaba hacia Jesús. Otros dirán que Pedro no llegó a Jesús o que llegó hasta la mitad, pero realmente sí llegó. Cuando se estaba hundiendo, pidió ayuda y Jesús sólo extendió su brazo para alzarlo, no dice que corrió hasta él, ni que caminó hasta alcanzarlo. Pedro caminó hasta ubicarse a la distancia de un brazo extendido, para mi es suficiente distancia para estar de frente a una persona y decirle, ya llegué. Aunque Pedro se iba hundiendo, y puede que no sepamos realmente la razón por la que dudó (ya que el miedo no es igual a la duda), Jesús cumplió con lo que le dijo: ven, y nunca lo abandonó ni aún cuando ya no podía avanzar.

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Reporte #2: En medio del dolor… Brilla el amor de Dios.

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“Jamás había estado tan cerca de Dios, como cuando me sentí tan lejos de Él.”

            Esta fue mi conclusión en medio del dolor por el que pasé. Me di cuenta lo difícil que es atravesar una situación dolorosa. Ese momento donde muchos, y en algunos casos todos, te dan la espalda y no te apoyan, o no te entienden; donde te sientes la peor persona del mundo. Pues así me sentí hace poco tiempo. Al terminar con mi novia, empecé con actitudes que no debí tomar, decisiones que, probablemente no eran las correctas pero sí muy imprudentes, me trajeron graves consecuencias personales. Terminé hiriendo a quien quería mucho y sin intención, pero el daño estaba hecho. Además de chismes y rumores (para empeorar la situación) que se decían en mí contra. Malos entendidos que arruinaron mí reputación. En fin, sentí como muchos me daban la espalda en lugar de ayudarme, muy pocos fueron los que me ayudaron. Los rumores eran tales que ponían en duda mi testimonio como cristiano, cuestionando mi integridad con Dios. Yo también había pasado por situaciones dolorosas poco antes, y nadie me entendía por eso pocos me ayudaban.

            Hubo un día en el que me di cuenta de lo que había hecho. Ciego por emociones, frustraciones y, sobre todo, decepciones; hice cosas que ante la vista de muchos no eran las adecuadas. Ese día tenía la moral por el suelo, me sentía el peor cristiano del mundo; un hipócrita más del que habar. Y mi dolor más grande era que, en cada decisión, yo había consultado en oración a Dios, entonces me hice la gran pregunta: “¿por qué estoy pasando por esto?

            Ese mismo día fui a la iglesia, un servicio en la noche, y me rendí en medio del dolor, en mi corazón, a Dios en medio de la adoración. Hice una oración, prácticamente era la expresión de mi dolor hacia Dios. Nunca la olvidaré por lo sincero que fui al orar. Y lo digo porque quizás tú también has pasado por esto y probablemente hayas dicho algo parecido. Dije, mientras todos cantaban a Dios, yo a diferencia de todos, dejé de cantar y le dije al Señor:

            “Dios, ¿por qué me tiene que pasar esto a mí?, ¿por qué, por culpa malos entendidos, yo tengo que pagar los platos rotos?, ¿estoy pasando por castigos injustos, acaso no eres tú un Dios de justicia? (Me acordé de un salmo). «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Te olvidarás de mí? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo tendré que pasar por este dolor?» (Salmo 13:1-2 parafraseado). Si en estas últimas decisiones fuertes en mi vida sentimental te he tomado en cuenta, he buscado tu ayuda y tú apoyo antes de cada decisión, ¿por qué ahora siento que no estás conmigo? ¿Por qué me abandonaste? ¿Dónde estabas cuando te necesité y aún te necesito? ¿Cómo esperas que te de las “gracias” si estoy pasando por esto?  […]” Algo así fue mi oración, más sincero no pude haber sido. Estaba dolido por lo que me habían hecho, y ahora por lo que sentí que Dios me había hecho.

            Pero algo pasó en medio de esa oración, en medio de ese momento de adoración en esa noche en la iglesia. A pesar de todo el dolor que sentía, no pude terminar la oración de otra forma sino así: “[…] a pesar de que siento que tú no me apoyaste en mi dolor, te seguiré sirviendo, te seguiré adorando, seguiré hablando de tu bondad y de tu misericordia con quien te busca de todo corazón. A pesar de que, muchas de las decisiones que tomé fue porque sentí que me decías que lo hiciera y lo que he conseguido hasta ahora son problemas, no dejaré de decir que eres mi Señor […]”. Realmente no sé qué me motivó a decir esto último, pero esa noche jamás había estado tan cerca del amor de Dios. Sentí cómo Él me abrazaba y me decía que entendía mi dolor y que nunca se apartó de mí, que no estuvo ni delante de mí, ni detrás, sino al lado. Entendí la frase: “Yo no te condeno, vete y no peques más”, es un: “sé que mereces pasar por eso, pero yo no quiero que pases por eso, sé lo que se siente”. Y me sorprendí más, cuando buscaba cuál era el salmo del que me acordé, y es el salmo 13, que empieza con una gran expresión de dolor y reclamos, pero termina con una adoración a Dios y una gratitud inmensa. ¿Sabes que es difícil?, darle gracias a Dios cuando no tienes nada de qué estar agradecido; cuando no tienes motivos para hacerlo. Cuando tu mundo está hecho pedazos y levantar las manos para decir: “Gracias”. Eso duele.

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            A pesar de todo esto aprendí algo y eso mismo quiero compartir. La luz del amor de Dios lo tendemos a confundir con una vida sin problemas, con el amor de amigos y/o familiares, el cariño de alguien, entre otras fuentes de “luz” si se pudiera llamar así. Estamos rodeados de tantas “luces” que lo confundimos con esa verdadera luz. Pero cuando atravesamos el dolor, vemos cómo las demás luces se atenúan, e incluso se apagan dejándonos en la oscuridad. Quizá no exista otra mejor manera de llamar al dolor que “oscuridad”. Vemos cómo muchos nos dan la espalda, nos hieren quienes necesitamos de su ayuda, o se alegran de vernos cometer errores y caer (eso quizá los hace más importantes al señalarnos).

            Sin embargo, hay una luz que a pesar del dolor, nunca se apaga y que pocas veces vemos, a no ser que las demás luces dejen de brillar, esa es la luz del amor de Dios que hace contraste con la oscuridad del dolor. Lo que tenemos que hacer es mirar hacia arriba ver que esa luz aún sigue encendida. No te olvides de ser sincero con Dios, a veces nuestro excesivo respeto a Dios nos aleja de Él, y nos muestra un Dios distante y serio, eso crea desconfianza en Dios. No digo que seamos irreverentes, pero sí sinceros. Así como la increíble sinceridad de David en sus salmos 13, 38 y 102, pero con una gran reverencia a Dios. Cuando a pesar del dolor, seguimos con nuestra mirada en Dios, dejamos que esa luz brille en nosotros. Esa luz nunca se apaga, ni aun cuando “traicionamos” a Dios. Pedro en una ocasión negó a Jesús tres veces, pero después de que Jesús resucitara, Él le dio varias oportunidades de perdón, al preguntarle tres veces si lo amaba.

            No importa por cual dolor estés pasando, haya sido tu culpa o no. Nadie tiene la moral para juzgarte o criticarte, si alguien la tiene que lance la primera piedra. Lo importante es que Dios no abandona a quien lo busca de todo corazón. Y es algo ilógico que en medio del dolor podamos sentir a Dios más cerca, pero es así. Dios no está solamente en los momentos de felicidad; a mi parecer, se encuentra más seguido en momentos de dolor y sufrimiento que en momentos “buenos”. Porque cuando estamos dolidos, o pasamos por un sufrimiento, se rompen esas fortalezas en nuestro corazón y en nuestra mente, que nos hace difícil ver a Dios. Dios no te juzga, Él te ayuda. Y aunque no tengas nada de que estar agradecido con Dios, aunque te quedes sin motivos para dar gracias; no te alejes de Dios, porque Él nunca se aleja de ti, él prefirió morir por ti, que vivir sin ti.

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            Después de pasar por ese dolor, entendí muchas cosas sobre mí, y el por qué pasé por eso. Quizás Dios no nos dice por qué pasamos por tales situaciones, para que no perdamos el tiempo discutiendo con Él. En una ocasión, un padre llevaba una madera muy larga a través de la casa. Pasando por la cocina, él gira y la tabla empieza a tumbar todo lo que había en la mesa, y se arrastraba por encima de la mesa. Al final de la mesa estaba su hijo de espalda a él, entonces el padre grita: ¡Hijo agáchate! Y el niño se voltea y le pregunta: ¿por qué papá?, y ¡tack! La tabla lo golpeó. Bueno así ocurre cuando Dios nos hace pasar por algo, no pierdas el tiempo preguntando el por qué, enfócate en seguir la voz de Dios y él te dirá, en su tiempo, porqué te hizo pasar por eso. Sólo confía en Dios, Él sabe lo que hace.

Y como me dijo un gran amigo mío en medio del dolor por el que pasé: “¿para qué nos caemos?, sino es para aprender a levantarnos. Levantarse de una caída, en sentido figurado, es el resultado de habernos perdonado. A veces nos enfocamos más en el perdón externo (entre personas) que en el perdón interno (uno mismo). Si nuestro Dios, el creador de todo el universo, se inclinó hacia nosotros y nos perdonó aún sin merecerlo, ¿por qué no perdonarnos a nosotros mismos? Aún hasta las mejores personas fallan, y no por eso son malas personas.

Recuerda que cuando pases por un dolor, no te olvides de Dios, Él no está lejos mirándote o ignorándote, en realidad está más cerca de ti. Estamos más cerca de conocer el amor de Dios cuando nos sentimos lejos de Él.

V.a.V. Santiago. Cap: 1 (I Parte)

Capítulo 1. I Parte. (Versos: 1 – 8).

La confianza en Dios

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1: “Yo, Santiago, estoy al servicio de Dios, y del Señor Jesucristo, y les envío un saludo a los cristianos que viven en todo el mundo.” (TLA).

    En el libro de Santiago, se escriben temas para todo el mundo, así como la salutación lo indica. Estos temas parecieran mostrar una preocupación por la situación espiritual del creyente y lo insta a reconocer sus errores y a mejorar, exhortándolos y enseñándoles cómo deben hacer las cosas. La forma de hablar en esta epístola, es mostrar el pecado que se está cometiendo, y como cambiar eso para bien, y así cumplir la voluntad de Dios. También aparecen consejos muy útiles tanto en aquella época como hoy en día, y es por ello que esta carta es excelente para aprender más sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación ante los demás y con Dios.

2: “Hermanos en Cristo, ustedes deben sentirse muy felices cuando pasen por toda clase de dificultades.”(TLA).

    Es difícil cumplir con esta primera frase del verso 2, pues muchas veces la causa de nuestra tristeza o depresión es el pasar por una dificultad. Pero Santiago nos insta a sentirnos felices cuando pasemos por estas pruebas, pero ¿por qué?, el verso siguiente nos detalla una muy buena razón por el cual sentirnos felices. Santiago explica que existe una pequeña relación entre las dificultades que pasamos y nuestras llamadas “prueba de fe”. En medio de las dificultades, nuestra fe está siendo puesta a prueba. Algo pasa cuando nuestra fe se pone a prueba, o confiamos más en Dios o le negamos y confiamos en la suerte de este mundo, he aquí el meollo del asunto.

3: “Así, cuando su confianza en Dios sea puesta a prueba, ustedes aprenderán a soportar con más fuerza las dificultades.” (TLA).

    Las dificultades son oportunidades que nos permiten acercarnos más a Dios de forma sincera y de corazón, pues sentimos que por nuestra propia cuenta no podemos superarlo, y es de esta forma como cada día debemos acercarnos a Dios, aún sin tener problemas, pero ¿cómo acercarse a Dios, si nunca pasamos por situaciones difíciles ni por problemas?, por eso Dios nos brinda la oportunidad de aprender a acercarnos a Él en medio de las dificultades, así cuando la superemos, al confiar plenamente en Dios, aprendemos cómo debemos acercarnos a Dios, con ese corazón dispuesto a buscar su ayuda y reconociendo que no podemos seguir sin su amor en nuestras vidas.

    Por eso, cuando nuestra fe es puesta a prueba, aprendemos a buscar más de Dios y a conocerle íntimamente, y así cuando vuelvan las dificultades, ya sabemos que debemos hacer ante eso, pues ya aprendimos a buscar a Dios, y no sólo durante los problemas sino antes de que vengan a nuestras vidas. Y eso hará que las dificultades se puedan soportar más fácilmente, con la ayuda de Dios, pues Él nos brinda una fuerza espiritual necesaria para que en medio de la tormenta exista una paz que sólo Dios nos puede dar, y entender que cada prueba es estar un paso más cerca de Dios.

4: “Por lo tanto, deben resistir la prueba hasta el final, para que sean mejores y puedan obedecer lo que se les ordene.” (TLA).

    Y termina diciendo que debemos soportar la prueba hasta el final, para ser mejores. Ese es el resultado de resistir y superar las pruebas que pasamos, pues nuestra confianza en Dios crece, y si entendemos la importancia de nuestra relación con Dios mediante las pruebas, entendemos mejor la voluntad de Dios en nuestra vida y así podemos obedecer a Dios.

    Toda prueba tiene una razón de ser, y la explicación usualmente viene después de ser superada. Es por ello que, mientras pasamos por las pruebas, no pareciera tener sentido la situación por la que estamos pasando, recuerda que a José le pasó lo mismo cuando fue vendido por sus hermanos, y terminó salvando al pueblo de Dios de la hambruna. Y así mismo nos puede suceder, quizás no para salvar una nación, pero si para salvar a nuestra familia, a nuestros amigos, incluso para salvar nuestra propia alma cuando resistimos hasta el final la prueba por la que estamos pasando.

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5: “Si alguno de ustedes no tiene sabiduría, pídasela a Dios. Él se la da a todos en abundancia, sin echarles nada en cara.” (TLA).

    Un síntoma muy evidente de falta de sabiduría, es que no podemos, o nos cuesta mucho, relacionar aquello que leemos en la biblia, o lo que escuchamos un domingo del pastor, con nuestra vida diaria o con situaciones de nuestra vida, y se ve reflejado en una mala toma de decisiones que terminan por perjudicar nuestras vidas o la vida de otros. Santiago nos dice que si nos falta sabiduría debemos pedírsela a Dios. Pues cuando pedimos sabiduría a Dios, nuestra mente y corazón se abre para entender lo que debemos hacer ante cualquier situación, y si nuestra relación con Dios es constante, Él nos colocará ciertas situaciones en las que ejercitemos nuestra sabiduría.

    En la biblia existen muchos versos que nos enseñan a ser sabios, y en el libro de proverbios se encuentran la gran mayoría, y es un excelente comienzo para buscar sabiduría, pero nunca olvide que sólo Dios nos da la verdadera sabiduría, y cuando realmente le pedimos sabiduría, Él es experto derrochando sabiduría a aquel que de sincero corazón la pide. Una vez que le pide sabiduría a Dios, ya sea en una oración o en una súplica, es importante que esté atento, pues Dios puede usar cualquier cosa para enseñarlo a ser sabio, no sea terco y crea que usted solo puede adquirir la sabiduría, leyendo la biblia es un muy buen comienzo, pero léala con detalle y entendiendo cada verso o cada frase, pues la palabra de Dios se caracteriza por poseer una inmensa cantidad de sabiduría.

6: “Eso sí, debe pedirla con seguridad de que Dios se la dará. Porque los que dudan son como las olas del mar, que el viento lleva de un lado a otro.” (TLA).

    Cuando Santiago dice que pidamos con seguridad, se refiere a dos cosas. La primera, y la más evidente, es la convicción de que vamos a recibir la sabiduría que pedimos a Dios, y si dudamos pues de nada nos sirven horas de dudosa oración a Dios. Porque cuando no se está seguro de tener sabiduría, no leemos la biblia, porque pensamos que igual no la entenderemos, ni nos atrevemos a afrontar los problemas por pensar que no tenemos lo necesario para pasarlo, por eso Santiago dice que son como las olas del mar, pues ellos no deciden que van a hacer sino que es el mundo (el viendo) que los lleva de un lugar a otro sin ellos poder decidir.

    Lo segundo, de forma implícita, es el propósito de pedir la sabiduría, pues el simple de pedir sabiduría no es suficiente para nosotros, pero cuando sabemos que podemos usar la sabiduría con un propósito para la voluntad de Dios y para ayudar a quien necesite, consejo o ayuda, es ahí cuando realmente queremos tener sabiduría, y esas ganas de tenerlo nos motiva a estar seguros de que Dios nos dará sabiduría. Esta vida se trata de propósito, si usted quiere sabiduría para ayudar a quien lo necesite, tenga por seguro que Dios se lo dará, pero si lo quiere para ganar popularidad en su iglesia, las oraciones por esa petición están demás. Recuerda que todo aquel que quiera ser sabio, debe empezar por obedecer a Dios (prov. 1:7).

7-8: “La gente que no es confiable ni capaz de tomar buenas decisiones no recibirá nada del señor.”(TLA)

    Cuando empezamos a actuar con sabiduría, el reflejo más inmediato es la buena toma de decisiones, esto es muy importante, ya que la vida también se trata de decisiones, pues las decisiones buenas nos llevan en bendición, pero las consecuencias de las malas decisiones no son a veces muy graves. Si queremos recibir buenas cosas de Dios, debemos demostrarle que somos capaces de administrar la bendición que nos dará y que a pesar de lo que suceda, le seremos fieles, pues nuestra confianza no depende de la situación a nuestro alrededor, sino de la relación que se tiene con Él.

    Dios no nos da lo que pedimos muchas veces porque no estamos preparados para recibir tal bendición, quizás por nuestra mala toma de decisiones, aquello que tanto le pedimos a Dios se convierta en una maldición, por no confiar en Dios o por falta de sabiduría. En el libro de proverbios, en el capítulo 3, en los versos del 21 hasta el 26, detallan la importancia de aprender a tomar buenas decisiones, y concluye con “Dios siempre estará a tu lado y nada te hará caer”, esto es importante, ya que si nada nos hará caer, entonces estamos listos para recibir aquello que tanto deseamos y para el cual nos estamos preparando.

Hasta aquí la primera parte. Próximamente vendrá una segunda parte
de este mismo capítulo, continuando con la secuencia de los versos
mostrados. Santiago es un excelente libro para comenzar a estudiar
la biblia y conocer más sobre Dios y su voluntad.

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