«Más allá de una Cruz.»

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Una salvación eterna junto al Padre de la gloria, a cambio de una condenación eterna, justa y merecida por las cosas que he hecho. Fue el pago perfecto e invaluable para otorgar el privilegio de ser declarado justo, y así poder tener la salvación.

No fue las burlas, los golpes, las heridas, los látigos ni los clavos; fue lo que sucedió después de estar allí clavado como un maldito y abandonado por Dios, fue lo que dijiste antes de morir: «Consumado es…» lo que me hizo entender que nunca fui víctima de mis pecados, sino culpable por mis pecados; que era yo quien debía estar allí, no tú. ¿Por qué lo hiciste?


En aquella cruz fuiste condenado a ver la otra cara de Dios, el odio y la ira que yo merecía por “escupir la cara de Dios” con blasfemias desde mi nacimiento a voluntad y gusto; fuiste llevado junto con mis pecados a sufrir la ira de Dios para pagar la deuda que adquirí por mis actos; fuiste abandonado por Dios como el cordero de expiación que se es dejado en el desierto para que los pecados fuesen olvidados; fue el pago eterno y justo que yo debía entregar por mi desobediencia.


Allí entendí el milagro de la salvación. A ti, Dios, no te costó en absoluto crear el universo y todo lo que hay en el, con sólo abrir tu boca se hizo la luz y la vida, pero te costó el mayor precio de todo lo que existe, la vida de tu hijo, solamente para satisfacer tu perfecta justicia y ver al pecador volver de sus caminos, para llegar a ti.

En toda esta gran obra no tuve nada que ver, sólo coloqué mis pecados, pero tú colocaste tu vida por aquellos a quienes amaste, por encima del odio que sentías y merecíamos. Yo te daba motivos de odio, pero de ti salía amor inexplicable. Siendo objeto de tu ira justa, me amaste por tu carácter (porque tú eres amor).

Esa obra trajo en mi, la fe de creer en ti y el arrepentimiento para volver a ti. Ni siquiera la fe que me hace confiar y creer lo que dices y haces, o el arrepentimiento que nació en mi para seguirte proviene de mi, sino que es un regalo dado por razones que sólo quedan en tu buena voluntad y que sólo me queda aceptar.

La palabra “gracias” queda corta al entender lo que hiciste por mi. Mis más grandes buenas obras no bastarían para alcanzar tu perfección.


«Tu amor sin condición me llevó a estar contigo,
y sin razones o motivos, sólo puedo estar agradecido.»


Dios le bendiga.
L. J. Torrealba.

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