«El efecto que hace el evangelio en nuestra vida…»

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«… La metieron en la casa de Dagón y la pusieron junto a Dagón.. Al levantarse de nuevo en la mañana, al siguiente día, Dagón había caído postrado en tierra delante del Arca de Jehová…»
1 Samuel 5:2(b), 4(a).

Esta es la trágica historia de cuando los filisteos se robaron el Arca de Dios después de vencer a Israel en la batalla. A los filisteos se les ocurre llevar el Arca al templo de su dios Dagón (a la casa de Dagón), para mostrarlo como un trofeo de su batalla ganada. Ahora la presencia de Dios no estaba con su pueblo, sino que ha sido robada para que esté en otro lugar. Pero desde otra perspectiva vemos como el Arca llega al templo de un reino que no adora a Dios, sino a otros dioses. No es muy diferente cuando Dios llega a la vida de aquellas personas que no le sirven a Dios.

Así como el Arca de Dios junto a Dagón, es el evangelio en la vida de otras personas. No existe dios que se levante ante nuestro Señor, es por ello que en dos ocasiones vemos al dios Dagón amanecer postrado ante el Arca, que representa la presencia de Dios, y hasta con la cabeza y sus dos manos cortadas ante el umbral del Arca. Pues así ocurre cuando el evangelio lleva en la vida de las personas.

El efecto de cambio.

El efecto que Dios hace en la vida de quien lo deja entrar es derribar al dios que gobierne esa vida (la casa); ya sea un problema, un ídolo, o incluso a nosotros mismo. Y esto último es por lo general lo que menos se dice del evangelio. Muchos hablan de un evangelio de prosperidad y solución de problema, que aunque sea cierto, no aporta toda la verdad sobre el efecto que hace el evangelio cuando entra en una vida.

Destrucción. Todo lo que se intente sobreponer a Dios es destruido por Dios mismo. Así como el dios de los filisteos es derribado en su propia casa (templo), así derriba Dios el centro de nuestra vida, cuando conocemos el evangelio de Cristo. Si al recibir el evangelio estamos agobiados de problemas en la vida, pues Dios derriba esos problemas, ya que ese es el “dios” de nuestra vida. Si lo recibimos cuando se desarrolla un profundo amor por el dinero, por ejemplo, pues se nos aplicará la historia de Jesús y el hombre rico. Pero si aquello que gobierna nuestra propia vida somos nosotros, con nuestra idea de poder gobernar mejor por nuestra cuenta, es allí donde el evangelio duele y hasta ofende.


El evangelio que pocas veces escuchamos es ese que derriba lo que eres. Que muestra tu condición de pecador y que enseña que debes morir por ello, y que de hecho mereces morir. Y eso hace el evangelio, mata lo que eres para que dejes de ser. Eso hace Dios en nuestra vida para que podamos ser como Cristo, matar lo que somos para empezar a ser lo que Dios quiere que seamos.


Así como el Arca por cada ciudad que pasaba había mortandad, tanto así ocurre cuando dejamos que el evangelio de Cristo pase por cada área de nuestra vida. Si le dejamos entrar en nuestra vida emocional, empezará a destruir lo que no es de acuerdo al propósito de Dios. Y si entra a nuestra área sexual, empezará a destruir tus deseos a caer en la tentación de la impureza sexual. Y esa destrucción nos afecta porque a lo largo de nuestra vida aprendemos a formar parte del pecado, y que el pecado sea nuestra vida; cuando el evangelio empieza a destruir al pecado que llevamos dentro, por lo general, empieza a matar una parte de nosotros también.

Si el evangelio te duele, te ofende, deja que te ofenda, pues eso te mostrará lo que estás haciendo mal, y te enseñará a caminar en el propósito de Dios. Donde está Dios no está el pecado, y quitar el pecado en nuestra vida es arrancar un pedazo de ella; dolerá depende de que tan arraigado estemos al pecado.

Dios les bendiga.
L. J. Torrealba.

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