Una respuesta ante la duda.

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«Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.»

— Mateo 14:28-29 (RV60). —

El panorama de la situación.

      La historia comienza en medio de un basto de espacio de agua, muy parecido a estar en el mar abierto. Una fuerte tormenta que levantaba las olas y golpeaba la inestable barca sobre el cual estaban los discípulos de Jesús, doblegaba la moral de algunos. Además, era de noche; la cuarta vigilia, según el sistema romano para la división del tiempo durante la noche, equivale a un horario (moderno) entre las 3 y las 6 a.m. lo que supondría el momento más oscuro de la noche, cuando falta poco para el amanecer, y el momento donde se debería estar descansando, no luchando contra una tempestad. Toda una fórmula para un desastre inevitable.

    Pero Jesús se aparece, caminado sobre ese mar inquieto, y pidiendo que se tranquilicen. No satisfecho con esto, Pedro decide pedirle al Maestro que le conceda el privilegio de caminar sobre las aguas para ver si realmente ese “caminante de las aguas” es el Jesús, su Maestro. Aún con la cantidad de veces que he escuchado esta historia, me pregunto ¿Por qué Pedro hizo eso?

      Esta no fue una situación nunca experimentada; antes, registrado en el capítulo 8, versos del 23 al 27, los discípulos viven una tempestad en una barca y en medio del mar pero a diferencia de que, al parecer, no era de noche y además Jesús se encontraba con ellos. Los discípulos se asustan y despiertan al Maestro pidiendo ayuda, y Jesús con solamente ordenarle al viento que se detenga, la tempestad se detuvo; todos quedaron asombrados por ese evento. Por lo tanto, estar en medio de una tempestad no era algo nuevo, sino una especie de “deja vú”.

      Volvamos a la historia inicial. Esta es la famosa historia de cuando Jesús camina sobre las aguas, y también vemos a un Pedro que lo hace. Pero hay una cierta intriga sobre el por qué Pedro le pide a Jesús caminar sobre las aguas para probar que realmente ese ser que camina sobre las aguas, que dice ser Jesús, es el hijo de Dios. Por lo general, nosotros como seres humanos comunes y corrientes, para convencernos de que alguien es quien verdaderamente creemos que es, buscamos un rasgo, una expresión, una cotidianidad en esa persona para asegurar lo que es. Entonces, en una situación, que es muy parecida a la antes vivida, la solución ante el dilema de: quién es la persona que camina sobre las aguas, sería buscar una evidencia sobre lo que Jesús haría, porque sólo él puede hacerlo. Algo como: pedirle que calme la tempestad, tal como en aquella ocasión lo hizo; convertir el agua en vino, como una vez sucedió; o hacer algún milagro que probara la afirmación que dijo sobre ser Jesús. En fin, pedirle hacer algo que sólo Jesús, haya hecho en algún momento de su vida.

      Pero no. Sólo un hombre, con un serio problema de impulsividad, se atrevió a pedir algo nuevo para probar que ese hombre era Jesús, ese hombre fue Pedro. El cual Jesús le otorgó el privilegio de caminar como Jesús sobre las aguas; aunque muchos hablan de su caída y hundimiento, no notan que realmente llegó a Jesús, pues Él sólo tuvo que extender su brazo para sostenerlo, lo que quiere decir que Pedro llegó a estar a la distancia de un brazo extendido, en conclusión, Pedro caminó hasta Jesús sobre las aguas.

      Probablemente nunca llegaremos a leer los pensamientos de las personas, mucho menos las que ya están muertas, pero podemos inferir e intentar comprender la forma de pensar de alguien por medio de lo que dice o, como en esta ocasión, por lo que quedó escrito que una vez dijo.

      Ahora bien, por medio de este escrito, quiero llevarte a tratar de entender la motivación por la cual Pedro dijo semejante cosa cuando vio a Jesús. Y lo haremos entendiendo lo que Pedro dijo. Cuatro frases conforman la petición total de este gran discípulo, con ello llegaremos a entender lo que él sabía de Jesús, y lo que podemos aprender con esa gran respuesta ante la duda sobre quién es ese que camina sobre las aguas.

* * *

«Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.»

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1.   Autoridad: «Señor, si eres tú…».

      Así comienza la famosa frase que le permitió a Pedro no ser uno del montón, y hacer lo que ningún otro discípulo ha hecho. Hay algo interesante sobre cómo inicia la respuesta y es ese “Señor”. El título de Señor, para Jesús, no fue un regalo divino de Dios, ni un derecho de nacimiento, sino que fue merecido y otorgado en el momento que Jesús toma tu lugar para pagar por tus pecados contra Dios. La biblia dice que fuimos comprados por precio de sangre, Jesús derramó su sangre y su vida para que nosotros no tengamos que morir en el infierno como realmente deberíamos. En el momento que nos salva de la condenación, Jesús se convierte en nuestro Salvador y también en nuestro Señor. Pero todo esto, para el momento en que Pedro lo dijo, no había ocurrido aún. Esto muestra lo que Pedro ve en Jesús. Aún sin merecer el título de Señor, Pedro ya lo ve como su Señor.  Pero, ¿qué significa Señor? Esto es, y pon atención: colocarse como siervo, ceder nuestro lugar, someterse a alguien, y sobre todo, otorgar autoridad en alguien. Todo esto es lo que implica la palabra (o título) Señor. Pedro entendía muy bien esto, y por eso inició la respuesta reconociendo la autoridad que allí se presentaba.

      En la academia militar, o en instituciones con un énfasis militar, notamos como los diferentes rangos presentan sus respetos y reconocen la autoridad por medio del saludo. Ahora bien, ¿haces esto mismo con Dios? No me refiero a levantar la mano a la cabeza y pararse erguido, sino que ¿en tu vida diaria reconoces la autoridad de Dios? En el libro de “Autoridad Espiritual” del autor Watchman Nee, muestra una gran variedad de ejemplos en toda la biblia, tanto del antiguo testamento como del nuevo, en el que se refleja la autoridad de Dios en la vida; ejemplos que normalmente usamos como clases de doctrina o en prédicas, el autor lo muestra pero con enfoque a la autoridad espiritual el cual no debemos tomar a la ligera.

      Entonces, algo vital para nuestra vida cristiana, es reconocer el señorío de Dios en nuestra vida, así como Pedro lo hizo, pues él decidió otorgarle autoridad sobre su vida a Jesús y colocarse como siervo suyo, con tan sólo decir: “Señor”.

        Luego continúa diciendo: “si eres tú”. Hay algo que me llama mucho la atención en la vida de muchas personas creyentes, y es que no se toman el tiempo para cuestionar si algo es de Dios, o no lo es. “Si lo dice el pastor, es verdad”, es en resumen la forma de pensar de muchas personas hoy en día y así evitan la fastidiosa tarea de leer la biblia para buscar la veracidad de lo que aprendieron. Me encanta un fragmento de la biblia cuando se dice: “probadme en esto”, lo que nos lleva a probar si realmente Dios está en esto o no. “Probad los espíritus” es otra forma de decir que busquemos en las escrituras si viene de Dios o no.

       Pedro tuvo la valentía de decirle al “caminante de las aguas” si realmente era el hijo de Dios o un farsante. Él entendía que las cosas son de Dios o no lo son. No hay punto medio. O algo nos lleva a Dios, o nos aleja de Dios, pero no nos mantiene neutros. Ese: si eres tú, condiciona la respuesta y petición de Pedro, es decir, si no es el hijo de Dios, no se cumplirá lo que sigue, pero si realmente lo es, entonces sí es de Dios. Y lo que sigue, en esta respuesta, es la continuación de reconocer a la autoridad.

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2.   Obediencia: «… manda que…».

      Esto muestra la consecuencia a reconocer la autoridad de Dios, que es la obediencia. Pedro no era un “llanero solitario” que se mandaba por su propia cuenta y hacía lo que “se le daba la gana”, sino que entendía el valor de la obediencia en la vida de un seguidor de Cristo. Sólo le otorgamos nuestra obediencia a quien creemos que posee autoridad sobre nosotros. Para obedecer, necesitamos reconocer quién es la autoridad, y nuestro problema más grande quizás no sea obedecer, sino el saber a quién obedecer. He aquí el asunto del por qué es tan difícil obedecer a Dios antes que al mundo, y es porque reconocemos la autoridad del mundo, de la sociedad actual, por encima de la de Dios. Y no es que obedecer a Dios sea difícil, lo difícil es dejar de decirle “Señor” al mundo y empezar a decírselo a Dios, porque ya sabemos lo que implica.

      “Manda que”, es el principio de la obediencia. Y esto es dejar que sea Dios quien nos dirija en la vida. Es darle el timón de nuestras acciones a Dios y simplemente obedecer a sus órdenes. Esa segunda frase implica el dejar que sea Dios quien tome nuestras decisiones, y aunque digamos que siempre ha sido Él quien las ha tomado, realmente somos nosotros quienes no dejamos que Dios tome el control. Un ejemplo de ello es lo siguiente: Por lo general oramos y ponemos en las manos de Dios la decisión que ya tomamos, pero muy pocas veces oramos y dejamos en las manos de Dios la decisión que vamos a tomar. Es decirle a Dios que bendiga lo que ya decidimos que vamos a hacer, en lugar de consultarle y pedirle su opinión sobre lo que en el futuro vamos a hacer. Dios no es un talismán de buena suerte, ni una lámpara de los deseos, Dios es quien tiene la moral para ser obedecido por todos.

      Haz un recuento de tu vida hasta este momento y toma nota sobre la cantidad de veces que decidiste obedecer a Dios en algo, o cuantas de las ocasiones en tu vida se refleja el “manda que” yo obedezco. Es una gran contradicción como cristianos que somos, decir que Jesús es nuestro Señor pero que no le obedezcamos. Obedecer es sencillo, lo complicado es obedecer a quien debe ser obedecido, y para nosotros el mundo es a quien obedecemos, por eso es fácil no creer en Dios, para no tener que dejar de decirle “señor” al mundo. Pero la vida de un cristiano no se debe caracterizar por su denominación, sino por su obediencia a la autoridad de Dios.

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3.   Propósito: «… yo vaya a ti…».

    Esta es la razón por la que nos llamamos cristianos, seguidores de Cristo. Ese “yo vaya a ti” implica el deseo de Pedro de ser como Jesús, y sobre todo, de estar donde esté Jesús. Esta una expresión de angustia espiritual, ¿qué hago yo aquí, si Jesús, mi Señor, está allá? Entonces yo iré donde Jesús se encuentre, porque soy su seguidor. Aquí se ve reflejada la historia de la vid y lo pámpanos, separados de Él nada somos; sobre lo de venir a Él los que estén cargados y descansar, Pedro entendía esto. Pero sobre todo entendía que todo lo que él haga, si no tiene el propósito de llegar Cristo, nada vale. Él no pidió que Jesús hiciera algo allá a lo lejos, sino tener el privilegio de estar con Jesús, de poder ir hasta Jesús.

     Ahora bien, ¿lo que haces, te acerca a Jesús, o te aleja de Él? Esta es una pregunta dura, para quienes sabemos que no siempre hacemos cosa para ir hasta Jesús, o para honrar su nombre y glorificarle. Cristo es nuestra meta, nuestro destino, nuestra razón de aún seguir vivos. Para ver la gloria de Dios en nuestra vida, debemos acercarnos a él. Y no es que Dios está a lo lejos esperando que nosotros hagamos todo el trabajo, es que Dios reconstruyó el puente el en abismo que nos separaba de Él, y que ahora nos toca cruzar para estar con Dios.

    El simple hecho de pedir ir hasta Jesús, involucra el hecho de alejarse del mundo. Caminar hacia Jesús es darle la espalda al mundo y fijar nuestra mirada en Jesús. Y no es fácil, darle la espalda al mundo es declararle la guerra en definitiva. Nuestro destino, determina nuestro rumbo. Si no sabemos que queremos ser, no importará lo que nos suceda. Pero si queremos que nuestro destino sea Cristo, nuestro rumbo empezará a direccionarse hacia Él.

    Es una mirada puesta en Dios, en el Cristo a quien seguimos. Ir hacia un sitio es cuestión de pasos hacia adelante, devolverse de algún lugar es cuestión de pasos hacia atrás. No puedes ir hacia Dios con pasos hacia atrás, sino lo contrario, y esto es poner todo tu cuerpo en esa dirección, y por ende tu mirada estará puesta en Cristo.

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4.   Sobrenatural: «… sobre las aguas.».

      Con esto concluye la respuesta de Pedro a ese tal “caminante de las aguas” sobre su afirmación de ser Jesús. Sobre las aguas, es una realización de lo que Pedro quería ser, como Jesús. Si Jesús esta, sobre las aguas, yo también; si Jesús sana enfermos, yo también; si Jesús predicaba las buenas nuevas de salvación, pues yo también; si Jesús en todo fue obediente a Dios, yo también lo seré; si Jesús dio su vida por lo que creía, yo también. Ese es el significado de ser un cristiano, no es solamente asistir a una iglesia, cantar, escuchar e irte a la casa, sino el hecho de ser como Jesús. Pero más allá querer caminar como Jesús sobre las aguas, Pero, con esta petición, quería probar si realmente era el hijo de Dios.

      Pedro sabía que sólo Jesús podía hacer las cosas que nadie puede, lo sobrenatural de Jesús era la prueba suficiente para mostrar a todos. Pero eso sólo es referente a Dios y Jesús, ¿qué hay de mi, un ser humano común y corriente? Ahí está la prueba del poder de Dios. Lo sobrenatural para Dios es lo cotidiano para Él, pero para nosotros significa “lo que no podemos hacer”.

       Lo sobrenatural marca el límite de nuestras fuerzas, representa todo aquello que no podemos hacer, pero que Dios si puede. Pedro, con esta petición, quería sentir lo que es tener el respaldo de Dios, y mostrar lo que Dios puede hacer a través de un ser humano que cree en Él y le obedece. “Caminar sobre las aguas” va más allá del tema más usado que es el caminar sobre los problemas y las dificultades. El caminar sobre las aguas no depende de nuestras fuerzas, sino de Dios en nosotros. Es lo que Pedro necesitaba saber para entender que ese “caminante de las aguas” era Dios mismo, obrando en él.

       El hecho de que Pedro caminó sobre las aguas, dio a entender a todos en la barca que quienes creen en Cristo, lo toman como su Señor y le obedecen, quienes procuran que sus acciones lo lleven a Cristo, y glorifican su nombre, puede hacer las cosas que ningún ser humano puede llegar a hacer.

       Cuando hacemos algo de parte de Dios, debe quedar absolutamente claro que el que reciba la gloria y la honra, no sea la persona, sino Dios. Que Pedro haya caminado sobre las aguas no me demuestra la habilidad y la fuerza de Pedro, ya que ningún ser humano se puede mantener sobre las aguas en estado líquido (la física no permite tal evento), sino que me demuestra que sólo Dios puede llevarnos a desafiar lo que conocemos como cotidiano, lo que llamamos lo normal, lo que siempre ha sido, con tal de que entendamos que sin Él nada somos.

* * *

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Una palabra basta para accionar.

       Ante tal respuesta de Pedro, Jesús sólo dijo: Ven. Esa es la confirmación de lo que podemos hacer. Pedro no esperó a que se calmaran las aguas para hacer más “cómoda” la caminata. Pedro no caminó alrededor de la barca agarrado de ella para asegurar que no se iba a caer, ni se enorgulleció ante los demás por lo que podía hacer, sino que tal como dijo, así lo hizo: se bajo de la barca y caminó hacia Jesús.

        Y aunque muchos hablen de que era un hombre de poca fe. Imagínense la fe de los que ni siquiera dijeron algo, sino que se quedaron mirando. La biblia no se distrae en personas que no hacen nada, en este fragmento, la historia se enfoca en Pedro, no en los que se quedaron mirando cómo Pedro caminaba hacia Jesús. Otros dirán que Pedro no llegó a Jesús o que llegó hasta la mitad, pero realmente sí llegó. Cuando se estaba hundiendo, pidió ayuda y Jesús sólo extendió su brazo para alzarlo, no dice que corrió hasta él, ni que caminó hasta alcanzarlo. Pedro caminó hasta ubicarse a la distancia de un brazo extendido, para mi es suficiente distancia para estar de frente a una persona y decirle, ya llegué. Aunque Pedro se iba hundiendo, y puede que no sepamos realmente la razón por la que dudó (ya que el miedo no es igual a la duda), Jesús cumplió con lo que le dijo: ven, y nunca lo abandonó ni aún cuando ya no podía avanzar.

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